Cuando en una celebración familiar, una comida o una fiesta, al abrir una botella de cava fuera por la efusividad, por descuido o por una agitación voluntaria de la botella, se vertía un poco del contenido, Paqui mojaba sus dedos en el líquido derramado y tocaba la frente de los niños a modo de bendición. "¡Salud, salud!". No recuerdo muy bien si dibujaba una cruz o simplemente nos mojaba la frente, si lo hacía con el pulgar o con el índice y el corazón. A nosotros nos encantaba, y poco a poco fuimos adoptando el ritual cuando, en la mesa de los niños, se derramaba Fanta de naranja. Los niños son de naturaleza iconoclasta y profana.
No he encontrado ningún rastro ni mención a esta costumbre, y todos los recuerdos que tienen amigos y familiares son variaciones de esa misma escena. Sí recuerdo otro gesto, mucho más común, que hacía mi abuelo y que implica bendiciones y alimentos fermentados: dibujar con el cuchillo una cruz a modo de bendición y agradecimiento en el reverso de una barra de pan.
A pesar de la falta de referencias a ese gesto ritual en concreto, sí hay algunas que le dan sentido y permiten interpretarlo. Dibujar (o dibujarse) una cruz en la frente (preferiblemente sin cuchillo), se ha usado en varios ritos cristianos como el bautismo, el miércoles de ceniza o la unción de los enfermos como un gesto simbólico de protección. El vino es un líquido culturalmente cargado: en la misa católica es la sangre de Cristo; en muchos contextos se ofrece o se derrama "por los que no están". Verter o incluso asperjar vino u otros líquidos se ha considerado tradicionalmente un gesto de invocación, sacrificio o comunión.
Que lo que Paqui exclamara fuese "salud" y no cualquier otra cosa es lo que nos permite interpretar que ese gesto aparentemente frívolo era, en realidad, un ritual de protección. Lo sagrado se introducía camuflado en el momento álgido de lo festivo; la fe se abría camino entre la frivolidad sin que nadie se diera cuenta ni le diera la menor importancia.
No recuerdo la primera vez que bebí vino. Para mí el primer contacto con el vino, aunque cutáneo, fue ritual, y luego poco a poco se fue convirtiendo en usual. Y ahora que tenemos suficiente información para entender todos sus efectos, los buenos y los malos, tal vez ha llegado el momento de devolverle su dimensión ritual.